miércoles, 13 de abril de 2011

Posmodernidad

                                                                                     Por: Carlos Germán Ortega Ortega
Nietzsche describe la situación del hombre tardo-moderno mediante la expresión: "Dios ha muerto", circunstancia que determina como "el más grande de los acontecimientos". Con esta frase, retoma, y coloca en otro horizonte, el gesto consternado con que Plutarco, al inicio de la era cristiana, lamentaba la desaparición de la cultura helénica: "El gran Pan ha muerto".
Nietzsche constataba mediante esta metáfora la quiebra de la historia de Occidente. Se había producido la perdida del principio y del origen; había llegado el tiempo del hundimiento del más firme fundamento, aquel que sustentaba todas las certidumbres de esta cultura. Y llega a afirmar algo, que nosotros, después, hemos podido vivir en carne propia, "el mundo verdadero acabó convirtiéndose en fábula", la realidad ha extraviado su consistencia, ha abandonado toda vinculación con tierra firme alguna.
Después de Nietzsche, Occidente, hoy, el planeta, ha disuelto los lazos que unían a todas las certezas, se han perdido conexión con toda posible verdad atemporal. Esta carencia de confianza en las estructuras del mundo, durante la centuria pasada, fue asumida con gran perplejidad por las conciencias más iluminadas, manifestándose como angustia, desasosiego, errancia e inseguridad; se revelaba en ella lo endeble, lo intrascendente, lo contingente de la existencia en sí misma. Tal inestabilidad, esta quiebra de los valores sobre los que se había asentado históricamente la vida humana, llevó a los intelectuales a buscar en ideologías, en paliativos, en pura disipación, un modo de dar sentido a la propia vida.
Con Nietzsche, la humanidad cobra conciencia de una nueva experiencia, la aterradora experiencia del nihilismo, de la presencia hegemónica de la nada, de la negación que domina nuestro tiempo, una experiencia que llena de espanto y desconcierto.
Sin embargo, el nihilismo podría constituir para nosotros un nuevo desafío, constituir la posibilidad de construir una nueva oportunidad para la existencia. El mismo Nietzsche vislumbró tal posibilidad, la nombró, nihilismo perfecto, podríamos, también, apelarlo, nihilismo positivo. Sería aquel que se revelaría en una toma de conciencia de la pluralidad del ser, de la riqueza del mundo, de su lujuriante colorido y diversidad. Desde tal apertura, quizá podríamos llegar a soñar, aprehender y erigir un mundo mucho más libre, edificado desde la tolerancia, desde la posibilidad de convivir en el respeto concreto de lo otro, de lo diferente.

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